Normalmente, pero no siempre, vivo en Madrid ciudad y como he escrito en otro post, juego al rugby e intento ir al gimnasio aunque con menos continuidad de la que me gustaría. También echo algún padel de vez en cuando con amigos y he probado ocasionalmente algún otro deporte, aunque la cosa no ha cuajado. Varias veces al año voy a la montaña a hacer alguna ruta, suelo ir a la zona de la sierra norte de Madrid por estar cerca y menos masificada que las rutas que empiezan en Cotos, Canencia o Morcuera. Y el caso es que disfruto mucho las rutas de montaña, no tiene porque haber nieve y en realidad últimamente incluso prefiero que no la haya, es más sencillo.
El día 1 de enero de este 2026 he hecho la última ruta, y me he dado cuenta, por fin soy plenamente consciente, de que es algo que me sienta realmente bien a la cabeza, y ahora que soy consciente, es algo que voy a aprovechar mucho más. Ya he dicho en otro post que suscribo que el mejor antidepresivo que hay es el ejercicio físico, pero me gustaría enfatizar en los beneficios que le encuentro al ejercicio físico de baja intensidad de varias horas. Ese día fueron ocho horas, unos 20 kilómetros y unos 500 metros de desnivel. Digo esto para que se entienda que aunque no fue corta, duró varias horas porque fue un paseo a ritmo tranquilo, aunque había metido varias botellas de agua en una mochila para ir con algo más de peso en la subida y aprovechar para entrenar un poco.
El proceso que ocurre en mi cabeza y los beneficios que le encuentro y el porque lo recomiendo es por lo siguiente. A los pocos minutos de haber empezado, el nudo de los problemas que tengo en la cabeza empieza a desenmarañarse, comienzo a ver estos quebraderos de cabeza como temas más sencillos, no tan agobiantes como los sentía previamente. Me empiezo a encontrar bien por el ejercicio a nivel físico también, siento que entro en calor, que respiro aire puro, que el cuerpo empieza a rodar y responde. Al rato, como a la hora empieza a cambiar también el humor y puede que me sorprenda a mi mismo tarareando alguna canción incluso, o recordando momentos bonitos, me empieza a apetecer también hacer alguna foto y mandarsela a mi familia o me acuerdo de algun amigo al que no escribo desde hace tiempo y aprovecho para escribirle algo, aunque le llegue al dia siguiente porque no tengo cobertura. Y prefiero las rutas largas, en esos días complicados, porque le restan horas al día, le restan horas de romperme la cabeza y además me produce un cansancio importante, cuando la ruta es exigente, de forma que lo que te pide el cuerpo cuando por la noche vuelves a casa es ducharte, comer algo e irte a dormir temprano. El cuerpo no valora la opción de ponerse a divagar en tus propias miserias, aunque algún pensamiento intrusivo y alguno psicótico siempre se cuela. Pero la ruta ha resuelto el día completo y me genera beneficios mentales de bienestar para los siguientes días también, mejor ánimo, mejor descanso y más claridad mental.
Lo que siento en la montaña no es felicidad, tampoco quiero exagerar, pero es una calma o tranquilidad muy placentera, y es que esto es suficiente cuando el revuelo de los pensamientos es asfixiante. Bajarle las revoluciones a esos pensamientos es suficiente, no necesito ser feliz ni mucho menos, necesito estar tranquilo, estar agusto, a unos niveles aceptables. Y con la montaña, en rutas largas, lo consigo.
Próximamente subiré algún texto sobre la experiencia en rutas de varios días, quiero probar esta forma de hacer ejercicio, a ver que tal.

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